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por Sebastián Fest

Pocas figuras generan más división y contraste de opiniones en la Argentina que Cristina Fernández de Kirchner, aunque hay algo en lo que todos deberían estar más o menos de acuerdo: la ex presidenta es una innovadora de la teoría política. Y también muy astuta a la hora de diseñar campañas electorales. Al fin y al cabo, gracias a ella, el peronismo está a un paso de recuperar el poder.

¿Innovadora de la teoría política? Sí, no hay precedentes de una ex jefa de estado que se autonomine para la vicepresidencia y, además, designe al candidato a la presidencia. Eso es lo que sucedió un sábado de mayo de este año, cuando Fernández de Kirchner sacudió los cimientos políticos del país a las 9 de la mañana con un video en el que anunciaba que se reservaba el segundo escalón del poder y “cedía” el primero a Alberto Fernández, un político con tanta experiencia de poder como casi nula historia como candidato. Un político, además, que venía diciendo cosas bastante pesadas de ella. (Apenas un ejemplo: “El peronismo fue patético con Cristina.”)

Deben existir poderosas razones para que Fernández de Kirchner, a los 66 años, se trague el orgullo, dé un paso atrás y encumbre a alguien que en 2008 le renunció al cargo de jefe del gabinete de ministros. Una, sin duda, es la que repitieron en estos meses varios integrantes del “albertismo” (en Argentina pesan cada vez menos los partidos políticos y cada vez más los nombres o tribus): sin Cristina no se puede, pero con Cristina no es suficiente.

De ahí la “estrategia del recuerdo ausente.” Para muchos argentinos, Fernández de Kirchner es un buen o gran recuerdo: esos votos hay que cuidarlos y potenciarlos. Para otros muchos argentinos, en cambio, Fernández de Kirchner es un mal o pésimo recuerdo: a esos votos hay que neutralizarlos, de ahí que su campaña sea la de una candidata ausente.

Bien lejos de Alberto Fernández, con actos casi siempre separados, y recorriendo provincias, ciudades o barrios en los que tiene una alta intención de voto. Y bien lejos de aquellos que la detestan. El plan pasa por no “activar” a los anticristinistas y, si es posible, también por “desactivarlos.” Fernández de Kirchner irrita a muchos, pero si su voz suena como un eco distante, la movilización del anticristinismo será menor. Y la ex presidenta es obediente: cada tanto dice cosas altamente polémicas, desde que el hambre en Argentina es similar al de Venezuela a la necesidad de crear un “nuevo orden social,” pero la mayor parte del tiempo se atiene a la “estrategia del recuerdo ausente,” al silencio.

Esa ausencia y ese silencio son, según Jorge Fernández Díaz en “La Nación,” la “principal estrategia electoral para alcanzar el cuarto gobierno kirchnerista.”

Por eso es que Fernández de Kirchner suena y seguirá sonando al menos hasta el 27 de octubre como un eco distante. Tan distante, por ejemplo, como La Habana de Buenos Aires. Entre enero y principios de octubre de este año, la señora de Kirchner pasó 57 días, casi dos meses, en Cuba, según relevó Clarín, el diario más leído del país. Viajó seis veces a la isla, 6.900 kilómetros de ida y otros tantos de regreso. Es en la tierra de los Castro, asombrosamente, donde hay que buscar algunas claves del presente y del futuro político de la Argentina.

Fernández de Kirchner está en Cuba porque allí vive desde marzo su hija Florencia Kirchner, afectada por problemas de salud que no están del todo claros. Kirchner, de 29 años, fue a La Habana para un curso de cine y nunca volvió. Procesada en dos causas por corrupción, en las que también están involucrados su madre y su hermano, Máximo, debe informar a la justicia por qué no regresa al país. Los certificados médicos hablan de un “linfedema,” que es una inflamación vascular en las piernas. Pero los medios argentinos hablan de depresión, y la propia Fernández de Kirchner es misteriosa cuando se refiere al asunto: “Es una cosa muy dura todavía para mí. Porque además no está él, que era su padre, y yo me siento responsable.”

A pesar de la ausencia física de Fernández de Kirchner, un tema de debate popular en los cafés de Buenos Aires es si Alberto Fernández sería nada más que un títere en el caso de ganar las elecciones.

Alberto Fernández suele asegurar que Fernández de Kirchner no lo está presionando para radicalizar un eventual gobierno suyo: “Ella tendría derecho a pedirme un montón de cosas, muchas cosas, pero no me ha pedido nada.” Lo cierto es que si le pidiera algo (si no lo hizo ya), la ex presidenta lo haría por su hija. Kirchner es la única que no tiene fueros judiciales, ya que no es senadora como su madre ni diputado como su hermano. En la Argentina se exponía a entrar en prisión. ¿Seguirá siendo así si el peronismo gana a fines de este mes y su madre se convierte en vicepresidenta?

“Florencia Kirchner (no) debería temer la pérdida de su libertad, en el caso de ser encontrada culpable. La decisión de mandarla a la cárcel sería entendida como una desmesura en el contexto de los nuevos vientos políticos que soplan,” aseguró recientemente el columnista Luis Majul.

Pero ya queda claro que Fernández de Kirchner tiene una agenda que va más allá que los casos de corrupción en contra de ella y sus familiares.

Así, obligada a pasar casi todos los meses por La Habana, Fernández de Kirchner diseña el futuro político del país desde allí. En ese futuro se destaca el yacimiento de Vaca Muerta, la gran esperanza de un futuro económico distinto para esa Argentina de las crisis cíclicas. Segunda reserva de gas no convencional a nivel mundial y cuarta de petróleo, Vaca Muerta encandila a los políticos locales: si se lo maneja bien, el gran problema del país, la falta de dólares suficientes para sostener la economía, podría esfumarse.

Alberto Fernández le encargó al economista Guillermo Nielsen, ex embajador en Alemania, un plan para desarrollar a pleno el yacimiento – que por su impacto ecológico no haría precisamente las delicias de Greta Thunberg – pero su compañera de fórmula y teórica subordinada convocó a La Habana a Miguel Galuccio, ex presidente de YPF, la petrolera re-estatizada por los Kirchner en 2012, y al CEO de Vista Oil and Gas, que ya está trabajando en Vaca Muerta.

¿Tiene lógica que Fernández de Kirchner busque su propio plan para El dorado patagónico? La pregunta está abierta, porque nadie sabe qué habló con Galuccio.

Una vez superadas las elecciones, y más allá de la muy probable elección de Alberto Fernández como nuevo presidente, Fernández de Kirchner presidirá el Senado, en tanto que en la Cámara de Diputados el 25 por ciento de los legisladores le responderá directamente. Un poder nada despreciable y sin el desgaste que implica la presidencia. ¿Se conformará con eso o buscará esmerilar a Fernández hasta hacerlo caer para regresar a la jefatura del estado? Es la gran pregunta de la política argentina. Y hoy no tiene respuesta.