Leí atentamente tu discurso presentado ante el Wilson Center, Washington, D.C., como siempre, retador y, sobre todo, muy franco.

Pero difiero del enfoque pesimista de tu perspectiva en varios puntos vitales.

Primero, en el tono en general. Al instante me vino a la mente la advertencia cantada por un bajo que introduce Beethoven en su versión coreada del “Himno a la Alegría” de Schiller, en el cuarto movimiento de su célebre Novena Sinfonía, hoy convertida en el himno entusiasta de toda Europa: “No esa tonada”.

En mi examen de Guatemala a vuelo de pájaro no resaltan necesariamente sus escombros morales ni sus carencias espirituales. Casi todo lo negativo lo dejo al otro panorama, al de lo público, también a ojo de pájaro, de esa lucha incesante por el poder y el dinero a que se reduce entre nosotros la vida política.

Fuera de ese segmento que tanto nos deprime a todos, Guatemala se ofrece a la vista de cualquiera como pueblo joven, repleto de energías, talentos y metas nobles, exuberante de empuje y punteada de muchas realizaciones personales encomiables. En absoluto se le hace justicia, a mis ojos, cuando se amontona todo lo negativo de un solo sector, el público, en un solo discurso. Releguémoslo mejor a las páginas sensacionalistas de cualquier “peladero” y no lo incorporemos al periodismo serio.

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