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El secuestro de un general del Ejército en Colombia ha dejado al proceso de negociación con la guerrilla en crisis. El presidente Juan Manuel Santos ha suspendido los diálogos, ordenando al equipo negociador no volver a La Habana hasta que no se aclare el hecho. La guerrilla de las FARC por ahora ha guardado silencio, en un hecho irresponsable, provocador y que lleva a la opinión pública al límite de su tolerancia. Hace tres meses, el mandatario le había advertido a la insurgencia que estaba “jugando con candela” y que el proceso se podía acabar en cualquier momento ¿Llegó ese momento? 

Las circunstancias en las que sucedió el secuestro, han generado toda suerte de interpretaciones y especulaciones. El alto mando se encontraba de civil, en una zona roja y sin la protección necesaria. En un país en el que la sospecha generalmente recae en la víctima (“por algo habrá ocurrido el hecho”), no es raro que el primer manto de duda recaiga sobre el general. El propio presidente ha reclamado en twitter: “MinDefensa y Cdte General: quiero que me expliquen porqué BG (Brigadier general) Alzate rompió todos los protocolos de seguridad y estaba de civil en zona roja”. El trino del ex presidente Álvaro Uribe, con la primicia de los detalles del secuestro no ha hecho sino generar más ruido y sospechar. Lo cierto es que esto no ha sido fortuitito; ha lo sucedido le falta un buen pedazo de verdad.

Hace unos días el jefe del equipo negociador del Gobierno, Humberto de La Calle, había advertido que las conversaciones eran “frágiles y complejas”. Pues bien, el secuestro del general, antecedido por el plagio de dos soldados en el departamento de Arauca, ha estremecido los diálogos en la Habana, dándole argumentos a los más críticos y poniendo a prueba a aquellos que apoyamos una salida negociada. No hay que ser ingenuos, afirman algunos ¡se está negociando en medio de la guerra! Pero el secuestro resulta una práctica intolerable, un suicidio político, que no hace más que poner el dedo en la llaga en una sociedad que titubea entre el reclamo de la paz y el rechazo a las FARC.

La hipótesis de la indisciplina y la descoordinación está en el aire. Es tan difícil de entender el hecho que hay quienes se preguntan si hubo un error o un problema de comunicación entre la comandancia de las FARC y las tropas en el terreno. Negar la autoría no haría más que aumentar las sospechas. Deslindar responsabilidades de la cúpula sembraría dudas sobre su capacidad de mando y control. Asumir lo ocurrido podría contribuir a restablecer el proceso, siempre y cuando el gesto no vaya cargado de alguna exigencia que empeore lo sucedido. No hay que perder de vista que para las FARC esto no es un secuestro. Por el contrario, siguiendo su lógica ahora cuentan con botín con el cual pueden negociar.

El tiempo de nuevo aparece como un tema crítico para el proceso. Cada hora, cada día que el general Alzate permanezca en poder del grupo guerrillero, se traducirá en mayor presión para el Gobierno. La pronta liberación del alto mando – el oficial de más alto rango en el Ejército secuestrado por la insurgencia – daría un nuevo respiro a la negociación, que en este momento se encuentra en un estado de coma inducido, del cual llevará tiempo despertar. El riesgo es que ahora las FARC intente forzar un cese al fuego bilateral, o lo que sería peor, algún tipo de canje o una nueva concesión. Al mismo tiempo, las Fuerzas Militares han anunciado un operativo de rescate, que de no ser exitoso podría terminar una tragedia mayor de la que se pretende evitar. A poco de cumplirse dos años del actual proceso, esta mala noticia ha convertido los meses en horas. Como ha afirmado el corresponsal de la BBC, Arturo Wallace, es una “bomba de tiempo”, que en cualquier momento podría explotar.

Lo cierto es que después de lo ocurrido nada será lo mismo para el proceso – esperemos. Los más optimistas apuestan a que la resolución de esta crisis (si es que la tiene) le imprima una nueva dinámica a los diálogos, con unos limites más claros y explícitos sobre lo no permitido, aclarando las condiciones para negociar en medio de la confrontación. El problema ahora es de credibilidad. Las FARC se habían comprometido a cesar el secuestro y no han tenido ningún problema en romper esta promesa, con el argumento de que son los costos de dialogar en medio de la confrontación. La primacía de lo militar ha pisoteado los argumentos políticos, erosionando la ya débil legitimidad de este proceso. No deja de ser paradójico que por medio del incumplimiento, la insurgencia busque un cese bilateral.

El país aguarda con más desazón que con expectativa lo que pueda ocurrir en los próximos días u horas. Los costos de romper el actual proceso son enormes y probablemente irreparables. En términos políticos, toda la estantería alrededor de la paz se podría derrumbar en un abrir y cerrar de ojos. En el eterno y trágico dilema entre la guerra y la paz, la torpeza de las FARC, los cantos de guerra de la oposición y la impotencia de una sociedad que ve como el proceso de paz entra en un coma inducido: parece muerto, pero no lo está.

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